lunes, 13 de septiembre de 2010

LAS DOS CARAS DE UNA MISMA REALIDAD, UN CÁLIDO VERANO EN EL INVIERNO DE RÍO DE JANEIRO

Anochece en Río de Janeiro y se ilumina su bahía. La hilera de luces que cubren la orilla de la costa muestra la silueta de esta ciudad. La noche de Río se enciende y así es como yo la conocí al llegar.


Mi vuelo llegó tarde y mi primera toma de contacto con la ciudad carioca fue bajo la noche. Desde los cristales del taxi en el que viajaba, vi el remolino de gente y ruido que sacude la noche de Lapa. Las calles del centro de Río se abren durante la noche para que los cariocas se agolpen en las terrazas y en los puestos callejeros mientras que la música se extiende por los rincones de este barrio, embriagados por el sabor de las caipiriñas y la cachaza.

Supe que el destino para mis vacaciones me iba a sorprender aunque aún no sabía bien dónde estaba pero la vida de aquella noche, me hizo sentir muy bien.

Desde el barrio de Santa Teresa he conocido Río de Janeiro. Desde sus cuestas y su laberinto de callejones empecé a moverme y a asomarme al día y a la noche de esta ciudad. Empinado sobre Lapa, este barrio te muestra un Río distinto, la ciudad de los artistas y las tascas de barrio con sus noches amenazantes. Entre sus calles se abren ventanas que te muestran las distintas fotografías de la ciudad, vistas al centro de la urbe con edificios nuevos que miran a un Río moderno, junto al contraste de las laderas donde se agolpan las favelas y las imágenes de su costa, recibiéndote con los brazos abiertos la enorme figura del Corcovado que te da la bienvenida a su tierra.




Los últimos escalones de Santa Teresa, te adentran en la ciudad, rodeando las primeras calles te diriges al bullicio de los escaparates de Uruguayana, de coloridas telas y antifaces de purpurina que cubren los cuerpos de los días de carnaval y fiesta.

Paseando por el centro, sientes un Río alegre, una ciudad costera de ambiente informal y despreocupado, sin grandes exigencias.


Comienza a apretar el calor y al otro lado de la ciudad, atravesando el barrio de Flamengo y Botafogo, la playa de Ipanema se rinde a los cuerpos bronceados, a las crestas de las olas que los surfistas peinan con sus tablas y al zumbido de sus vendedores ambulantes que cargan con agua de coco, bebidas frías y sombrillas de exóticos bikinis para acompañarte entre las horas de sol y arena fina.

Esta es la sonrisa que Río te dedica con una gran sensualidad, la picardía de un aire cálido que se enreda día y noche entre los cuerpos oscuros, las miradas insinuantes y apasionadas y el roce de los cuerpos mientras se unen a golpes de samba, ¡y caraca, qué sexualidad!

La otra cara, la que te muestra, si te adentras en los barrios de favelas, no se tiñe de este exotismo pero de alguna forma la he vivido con igual intensidad.

El viento parece que aquí sopla más fuerte, será que se sabe que para tratar con su gente hace falta un buen empuje o deslizarse entre sus barrios con el sigilo de una brisa para no ser visto.

El ambiente se convierte en una espesa nube que acompaña con la atmósfera de un escenario mucho más gris, mucho más duro.

Los jefes de estos barrios, traficantes de droga, no se andan con deslices, una imagen de sus rostros, es testimonio de su presencia y si la droga da poder, ellos son los reyes de este mundo.

Pero aún, entre arrabales, encuentras a los que saben que más allá hay otro mundo y la esperanza de los niños que desde la inocencia de su mirada te enseñan, una vez más, que no vale más el que más tiene sino el que más lejos llega con sus sueños.


El recuerdo de este verano, se ha quedado en mi memoria en un lugar privilegiado. Con  intesidad y fuerza, estas dos caras, me han ofrecido una gran experiencia y buenos amigos de viaje.