sábado, 16 de octubre de 2010

MiCRORRELATOS PARA EL OTOÑO

La partida de naipes,  Balthus


Si los naipes me jugaban una mala pasada, pasaría la noche en la alcoba con aquel desconocido, una apuesta tan arriesgada, me hacía pensar en la fuerza del destino.
La puerta de la habitación seguía entornada, sólo él tenía la llave para cerrarla pero le pedí expresamente que la dejara así, para quedarme de espaldas a ella y si finalmente la partida se alargaba y la vela no fuera capaz de protegerme de la noche, siempre podría salir huyendo hasta confundirme entre el bullicio.

Yo escondí un As y no aparté mi mirada de su sonrisa, ni del movimiento de sus manos que en cualquier momento podrían esconder una carta y ganarme la partida.

Si lo hizo, no alcancé nunca a saberlo pero sus cartas se agotaron antes que las mías y sólo me quedó el refugio de la luz que proyectaba la fina vela. Me giré hacía la puerta y golpee la manivela repetida veces, de izquierda a derecha sin poder abrirla, mientras que detrás de mí, él se alzo de la mesa zarandeando las llaves con una mano y con la otra sostenía la vela. ¡Lo sabía! exclame furiosa.


La abuela de Caperucita Roja y el zorro

Caperucita no quería ir a ver a su tacaña abuela pero la obligó su madre, cogió el cesto de frutas y mermeladas y salio al bosque. El camino era demasiado largo así que se comió las frutas y rebañó algún tarro de mermelada.

Al llegar a casa de su abuela, entró despacio y ésta al ver el cesto medio vacío, abrió la puerta del corral y dejó entrar a un enorme zorro. Cuando Caperucita vio al animal, dio un salto y se subió encima de su abuela huyendo de aquellos enormes dientes.

La anciana enloquecida no soportó a Caperucita a sus espaldas y cayó al suelo. Caperucita pudo escapar por la ventana de la cocina y la anciana quedó atrapada entre las patas del zorro mientras que el animal le lamía la cara y el cuello.

LA HUELGA DE METRO DE MADRID POR LOLA SUÁREZ MÓJER

Fastidiada, ¡tengo que volver a repetirlo porque aún me siento así! Estoy muy fastidiada, cabreada incluso con lo que ha ocurrido en Madrid estos dos caóticos días por la huelga de los trabajadores del Metro y aún cuando escucho a mi madre hablar, me vienen ganas de dar unas cuantas patadas más.

He decidido que a modo de carta, os lo tengo que contar porque creo que va a ser la única manera de seguir tranquila en este colchón de agua que como refugio tengo hasta principios de septiembre y no sabéis lo bien que se está.

Vosotros, los adultos, esta sensación de bienestar ya la habéis olvidado, porque dicen que cuando naces, tu memoria olvida todos los sabios misterios que desde el feto aprendes, quedándose tu mente a cero para emprender tu propio camino. Y una vez te acercas al final de tu vida, tu alma vieja recuerda todo aquello que tus ojos vieron y tus oídos escucharon desde el refugio que te dio la vida.

Este martes mi madre lo había organizado todo para vernos las caras y saludarnos antes de mi llegada en septiembre a Madrid pero ¡no conseguimos llegar por la maldita huelga del Metro de Madrid! La oí pedir cita para los últimos días de junio al ginecólogo y la noche de antes, hablar con mi padre para ultimar los detalles de cómo íbamos a ir a nuestra cita ineludible, ¡la ecografía en cuatro dimensiones!

Para los que aún no estáis familiarizados con este mundo de la maternidad, mi madre y yo os podemos contar que con esta ecografía, ¡te saltan chispas de alegría de la cercanía con la que nos observan y nos muestran a nuestros orgullosos papás!

No sabéis pero lo debo de confesar porque presumida soy ya pero llevaba toda la noche preparándome  para enseñarles mi mejor perfil. Como cada noche, seguí mi ritual,  a las cuatro de la madrugada empiezo a girarme, lo siento pero me gusta más estar de lado y voy jugando con mis manos y mi cintura para ir colocando mis pies y mi espalda en el costado de mamá. Una vez consigo estar de lado preparo mi cuello para poner mi cabeza de tal manera que mi oído derecho este bien pegado a su piel y mis ojos se vayan acostumbrando a la extraña claridad que me viene del exterior.

Mis pies son grandes y mis ojos parece que son claros. Mamá lo intuye y yo también pero creo que en algo me voy pareciendo a ella. Soy grande, lo noto, porque a veces quiero estirarme y mis piernas sólo consiguen quedarse dobladas. ¡Qué te voy a contar mamá que cada día notas mis zancadas! Aún no sé bien cómo seré y por más que me quedo ensimismada conociendo mis manos, mis dedos y mi pecho, no alcanzo a saber cómo podré salir de aquí pero algo claro sí tengo y es que ganas de estar fuera, tengo!

Me asomaré con mi mejor sonrisa y a gritos de pulmón os voy a contar todo lo que estos meses llevo pensando que os debo de decir a papá y a ti, mamá. ¡Gracias por darme la oportunidad de correr la gran carrera de mi vida! Resbalé unas cuantas veces en las caderas de mamá y me las vi peliagudas para adelantar a unos cuantos listos que decían saber el camino más corto pero yo tenía tan claro que quería estar ahí que si de velocidad me hablan, ¡ya les contaré de lo que fui capaz de hacer!

Nos veremos pronto, no os preocupéis si estoy dormida en la próxima cita que tengamos en 4D. Los trabajadores de metro me han enfadado tanto ¡que ahora ando panza arriba descansando!

Como sé que todo lo olvidaré, recordarme papás que en cuanto pueda, prescinda de los servicios de metro y me acostumbre pronto al autobús o me mueva en moto por Madrid.

¡Os mando un fuerte beso desde el lugar con más sabiduría del mundo que aquí se está muy bien!