lunes, 19 de diciembre de 2011

MISIÓN, LA TIERRA

     
     
          
Nuestra nave se posó en un parque cercano a la ciudad de Madrid. Alrededor de él se extendía un río de aguas silenciosas y cerca de allí había algunos árboles que lo protegían del ruido sucio que llegaba de la ciudad. A lo lejos veíamos las torres de los edificios largos a la luz de la luna vieja.
    
             Durante el viaje, cada uno de nosotros tres habíamos ido adquiriendo una forma humana diferente, con el propósito de no resultarles extraños a los humanos, durante el tiempo que estuviéramos en su planeta. Lust era ahora una mujer, de pechos firmes, cabello rizado y abultado y voz dulce. Rost era un ser muy joven, con un cuerpo menudo y piernas cortas que apenas le daban para echar a andar. Yo me miré de arriba y abajo y descubrí que era un hombre, espalda ancha, brazos fuertes y voz grave.  Los  tres nos observamos, sin llegar a reconocernos.


Dentro de veinticuatro horas, nos veremos aquí de nuevo – dijo, Lust.
Cada uno de nosotros, debe de seguir las instrucciones que nos han dado. Desde ahora hasta que abandonemos el planeta Tierra, somos y sentimos como los seres humanos. Debemos de mezclarnos con ellos, descifrar lo que dicen y saber qué sienten. Guardad siempre nuestro secreto porque no pueden saber quiénes somos  advertí a mis dos compañeros.


Hacía mucho calor y el aire pesado iba y venía entre las calles, pegándose al asfalto y a los coches. Se podía oír los sorbos de la gente a sus bebidas frías y el zumbido de los mosquitos inquietos.


Me sentía cansado y hambriento y según nuestras teorías, cuando un ser humano se sentía cansado debía de dormir durante unas horas para poder recuperarse y cuando tenía hambre, era necesario alimentarse a base de nutrientes.


Quería comer algo y comencé a buscar la palabra nutriente en los rótulos de los comercios pero no alcancé a encontrarla. Así que tras mirar entre los cristales de varios escaparates, me asomé a una tienda desordenada,  en la que pregunté si me podían vender algún nutriente con el que alimentarme. El hombre de la tienda me miró con expresión de asombro  y me dio una caja de cartón cerrada, en la que venía escrito en la solapa, Barritas de cereales energéticas, para cualquier hora del día. Abrí la caja, le quité el envoltorio de plástico y mientras caminaba entre los callejones sombreados, me fui comiendo el contenido.


Busqué entonces un lugar donde descansar. Anduve por una calle larga que atravesaba la ciudad hasta llegar a una más pequeña de nombre Hortaleza. Colgando de la ventana de un edificio cubierto de música,  vi un cartel que decía, Hotel & Sauna Alex, un lugar placentero donde descansar. Entré en el hall del edificio.  La sala era amplia, bañada con un perfume que mareaba un poco y había sofás por toda la habitación, con almohadones blandos y las paredes cubiertas de espejos.

Hola, desearía dormir esta noche aquí – le dije al hombre que encontré en la sala.
¿Cuántas noches desea quedarse? – respondió el recepcionista.
Sólo por esta noche.
Perfecto, le tomaré los datos. ¿Qué le puedo ofrecer?  Puede elegir entre diferentes servicios que son, habitación y dos horas de sauna o habitación con dos horas de sauna y masaje relajante en privado. Son las dos ofertas más económicas de este mes. Luego tenemos algunos servicios más completos para huéspedes exigentes. Dígame, qué desea.

Mejor, el más económico – le contesté.
Muy bien, le acompañaremos a su habitación. En el baño encontrará ropa cómoda para bajar a la sauna en cuanto esté listo ¡Bienvenido!  – me contesto mientras cerraba un ojo.


Le di la espalda y subí a la habitación acompañado de otro hombre. Me desvestí en el cuarto de baño y me envolví en una toalla cómoda. La música iba y venía por la habitación, tranquila, dulce.


Al llegar al sótano, la puerta se cerró de golpe. Me adelante unos pasos y crucé el pasillo. Me detuve mirando la primera habitación. Había una enorme bañera, apoyada en el suelo, llena de espuma plateada. Las voces de los hombres que había dentro se mezclaban en el aire, hablando, riéndose, abrazándose. Algunos bailaban y otros se divertían besándose detrás del humo denso de sus cigarros.


Sus risas retumbaban ahora en mi cabeza, entonces el suelo se deslizó bajo mis pies y caí dentro de aquel baño. Delante de mí, en un asombroso baile de cuerpos desnudos, veía las figuras de los hombres enredados entre sí.


Me sentía como si hubiera pasado veinte horas bajo la lluvia caliente del verano. Estaba dormido, pensé.

Me estiré dentro de la bañera azul y unos brazos me rodearon. Eran unos brazos fuertes y musculosos y entonces mi cuerpo comenzó a vibrar y el suyo también.

Permanecí dentro del agua, relajado entre mis pensamientos. Todo esto era emocionante pero estaba confundido. Tal vez aquello que estaba sintiendo era a lo que los humanos llamaban amor o sexo pensé, pero no estaba seguro. Consideré las distintas teorías que teníamos acerca de este capítulo y dejé que bajaran imágenes a mi mente para recordar nuestras investigaciones, pero en ellas sólo veía a un hombre junto a una mujer.  Entonces…


<< ¿Qué era aquello?-  me preguntaba - ¿Eran otros marcianos? ¿O el sexo era entre hombres también? ¿Cómo ocurría todo esto? >>

Casi me eché a reír a gritos. Se me había ocurrido una idea estrafalaria, estúpida. No podía ocurrir así, era improbable que dos hombres pudieran amarse.

>> Sin embargo – pensé de nuevo -  supongamos… que no es así, que uno hombre con otro hombre y una mujer entonces con otra mujer, pudieran también amarse y no hubiéramos contemplado esto en nuestro estudio. Supongamos que nos hemos equivocado, que no tuvimos en cuenta sus fantasías y  deseos y entonces la combinación resultara idéntica.


>> La repuesta era afirmativa. Combinaciones, química, imaginación. ¡Todo era real! No estaba dormido, lo había sentido.


Me incorporé en el suelo y escuché.  La habitación estaba tranquila. Los cuerpos estaban dormidos. El calor estaba muerto. De pronto, tenía miedo.

Di algunos pasos por el pasillo cuando oí una voz masculina, en un cuerpo oscuro.


¿Qué haces?
¿Perdona?


El hombre oscuro volvió a hablarme con voz fría:

Te he preguntado qué haces, a dónde piensas que vas.
A mi habitación.
No, no vas a ninguna parte.


          Comenzó a gritar y a correr por todos los pasillos. Gritó aún más pero no llego encontrar la salida.


Al día siguiente, los extraterrestres se reunieron en el parque cercano a Madrid. Lust y Rost destaparon el cohete escondido entre las hojas y sincronizaron el tiempo. Comenzaron a impacientarse cuando ya sólo quedaban algunos minutos para despegar y su compañero no había llegado aún. Activaron sus radares y buscaron imágenes del extraterrestre. Allí estaba su compañero, desnudo, bañado en espuma y rodeado de hombres que lo besaban y le daban de beber un líquido rojo que lo atontaba.


Lust y Rost se asustaron y subieron a su nave. Alguno de ellos pronunció la palabra activar y la tierra vibró dos veces con su despegue.

sábado, 22 de octubre de 2011

HABITACIONES COMPARTIDAS


Sigo sin entender por qué continúo con mi padre en esta residencia, después de dos semanas ya de descanso. Él parece estar mejor, algo decaído aún, pero se empeña en seguir aquí metido. Nos pasamos el día entero en esta habitación oscura y estrecha, de la sexta planta, en la que ni siquiera existe espacio entre la cama de mi padre y la de su compañera de habitación. Este lugar me asfixia.

Con tal mala suerte, nos ha tocado aguantar a esta mujer en la cama de al lado, que se pasa todo el día contándonos historias de no sé qué viajes de su juventud y tiene un risa que te perfora los oídos.

En cuanto me doy la vuelta, se acerca a la cabecera de la cama de mi padre y le coloca galletas en la almohada. Parece que no escucha las recomendaciones que te dan al entrar en la residencia, nada de dulces ni comidas pesadas, paseos cortos por el jardín y mucho descanso. Ni me imagino de dónde sacará las galletas ni las cartas que tiene en su armario y que se pasa toda la tarde enseñando a mi padre. Apenas nadie la visita, así que su único entretenimiento desde que entramos, somos nosotros.  No creo que le siente muy bien que lo atosiguen de esta forma. Lo noto alterado, constantemente observando todo a su alrededor, respondiendo a las preguntas de esta extraña y controlando quién entra y sale de la habitación.

Voy a volverme loca con esta situación. No sé lo que puede estar pensando, cúando decidió que prefería recuperarse en un asilo, en vez de en casa, con nosotros. Desde que puso los pies en este lugar, no quiere irse. Por más que le doy vueltas, no lo entiendo. Él, que desde la muerte de mamá, se había vuelto un hombre solitario y tranquilo, ahora se comporta de esta forma tan inquieta y charlatana. Temo lo peor, que esto sea efecto de la nueva medicación que le están dando para que parezca que aquí se encuentra bien.

Aunque tengo que decir que este lugar me ha sorprendido, es agradable, estamos bien atendidos y se respira tranquilidad. Siempre había pensado que una residencia de ancianos era el último lugar donde uno podía descansar pero no es así. Si no fuera por esta mujer, todo estaría en perfecto orden. Mañana, en cuanto pueda hablar con el responsable de esta planta, pido una habitación individual o que nos busquen a un compañero, como él. No sé a quién se le ha podido ocurrido que un hombre y una mujer pueden compartir habitación a esta edad.

Sólo el tacto de sus manos al rozarme, ya me produce escalofríos. El olor de esas galletas con miel que me deja en la almohada, me hacen descender a la tierra. Qué habrá pensado de mí, al verme aquí postrado en una cama, sin poder valerme por mí mismo. Aún no soy lo bastante mayor como para no poder cortejar a una mujer tan agradable. Natalia, me dijo que se llamaba, qué bien suena su nombre en mi boca.

Me llamo Natalia, le he dicho, es mi segundo nombre pero resulta más exótico que confesarle que me llamo María. Hay tantas con el mismo nombre que no lo recordaría mañana. Espero no molestarle con mis historias, son solamente anécdotas del pasado pero he pensado que a lo mejor nos entretenían y cuando me dice que le cuente más, no puedo despegarme de su cama.

Me preguntó ayer si quería pasear con ella algún día y por supuesto que quiero. En cuanto mi hija se marche a trabajar y deje de controlarme, me bajaré de esta cama y me iré a dar un paseo juntos.

Parece una mujer de mundo, guarda tantas postales de lugares lejanos, que yo no reconozco pero nunca se lo digo. Sólo la escucho y le rozo su mano mientras ella va abriendo los sobres. Le confesaré que estoy loco por ella y nos iremos juntos a alguno de esos lugares que me enseña.

Me gustan sus manos, sobre todo cuando las acerca a las mías. No sé si por pura casualidad, pero hace un rato, las hemos tenido unidas. Qué hombre tan interesante. Sólo por él, recorría de nuevo el mundo entero.

Otra vez mi hija vuelve a vigilarme, no se da cuenta de que estoy bien y me apena tanto ver a mi padre así, tan abatido, sin ningunas ganas de luchar. Habrá perdido la ilusión por la vida, no sé, apenas me mira cuando le hablo.

Esta mujer, siempre pegada a su cama, no nos deja intimidad alguna. No puedo alejar mis ojos de su camisón y ese olor a dulce que desprende su pelo, me ahoga, toda la habitación huele a ella.

La enfermera me dice que mi padre se va recuperando poco a poco. Me he quedado mucho más tranquila al oírla. Le volveré a preguntar acerca de lo que me comentó su compañera, del turno de mañana, cuando pasó a verlo a primera hora y no se encontraba en su cama. Me ha resultado extraño que la enfermera no diera con él. Pasan de largo tan rápido que al pobre no le daría tiempo a salir del baño. Tienes que estar en todo, no volveré a retrasarme. Si no estoy aquí, parece que nadie se preocupa por él.

Sólo me queda el respiro de la mañana para poder moverme sólo y que no me atosiguen con pastillas y paseos de un lado a otro. Mañana volveré a esconderme en el baño cuando me traigan esos polvos con sabor anís que me dejan tan aturdido, los detesto, que se los tomen ellos.

Voy a intentar salir antes de la oficina y al llegar le preguntaré si quiere que pasemos la tarde al aire libre. Le sentará bien. No quiero que esté aquí metido todo el día, sin que apenas le roce el sol.

He vuelto a coger más dulces de la sala de estar para él. Su hija no quiere que apenas coma nada y lo mira tan afligida. Debería descansar más, venir menos y dejar de observarme así, como si fuera una extraña.

           Ya está aquí, la distingo por ese olor tan dulce que desprende. No puedo dejar de mirarla. Al caer la tarde, saldremos de aquí los dos, escondidos en el baño, esperaremos hasta poder escapar y que no nos encuentren nadie ni ahora ni nunca.

jueves, 16 de junio de 2011

EL RINCÓN DE TU PISCINA

Intuitiva y mala en matemáticas. También curiosa, sensible y confiada, alguien que pocas veces puede quedarse en la superficie de las realidades. Así soy yo después de treinta y dos años. Y aún con el paso del tiempo, sigo arrugando la nariz y alejándome en busca de mi espacio cuando algo me molesta, como parece que ocurría en esta imagen. Pienso en este rasgo, que me caracteriza bastante, como la causa que me ha impulsado a buscar la manera de adentrarme en mundos que yo invento y en los que me siento libre para crearlos con otra medida, la mía.
Es difícil darse cuenta que ya ha pasado mucho tiempo desde esta fotografía, pero de alguna manera, sigo recordando de forma muy cercana, la niña que fui y a la vez, la que ya nunca voy a volver a ser. Si miras la fotografía y pasas tu mirada por los niños que están sentados en las piedras, mi primo César y mi hermana Carmen, yo soy la niña que aún no se tiene en pie, la que está dentro de la piscina de plástico naranja y la que tal vez aún no había ocupado su espacio o andaba buscándolo. Y ha tenido que pasar cierto tiempo, hasta que hace poco, logré encontrarlo, no por azar, ni por estar muy lejos, quizás por miedo a ocuparlo y hacerme responsable sólo yo de él.
Mi abuela siempre me lo ha repetido
-         Eres una zancajosa.
Y tal vez, tenga razón y haya sido cuestión de mi historia personal o de multitud de viajes, el buscar siempre el hueco perfecto para asentarme o para poder alejarme. La cuestión es no poder remediar el sentirme siempre en movimiento.
Nunca me han gustado las miradas conservadoras, lo siniestro, la disciplina rígida. Creo que he sido una de las que más han regañado en su infancia,  por ser rebelde, no sé, por no poder parar al fin y al cabo. Y cuando me enfadaba arrugaba la nariz y me sentía alejada, y eso me ha seguido ocurriendo a lo largo de mi vida, con los amigos del colegio, en casa, con los nuevos amigos y aun cuando trabajo. Y con el paso del tiempo, he ido eligiendo espacios y recovecos, en la memoria, en la música, en las letras o en mi propia piel hasta encontrarme. Pero aun así siempre alberga en mí, el impulso de buscar algo más lejano aún, un rincón donde soñar con lo que no se palpa; aunque para deambular por nuestro mundo de a pie, no es muy recomendable, si llegas a confundir los sueños con el aquí y ahora.
El hecho de bucear en lo más íntimo y tragar mucha agua para llegar a ver ese fondo, como seguro tragué en aquella mañana de playa y el recuerdo de ese lugar me trae siempre el sabor del mar, ha contribuido a que mis manos y mi imaginación, se inclinen y cada vez más, a buscar en la escritura, la mejor forma de conocerme y darme a conocer.
Al fin y al cabo, soy una zancajosa, una de las más rebeldes. Y creo que aquella nariz arrugada, buscando algo que no encontraba o por mi mal genio por las mañanas, ya me lo anunciaba, que buscar en el rincón de tu piscina, de los recuerdos o de tu historia, no iba a ser nada fácil.
Y no soy un loca de las historias imposibles, ni una vanguardista, qué va, soy sólo una chica normal, que después de mucho bucear, ya encontró su espacio. En la imagen, soy la de ojos rasgados, de labios pronunciados y nariz pequeña, soy lo que dejo ver y lo que no, la que ya se mantiene de pie, un soplo cálido de verano o una tormenta de arena en el desierto, la que quiere más de lo que está debajo de la piel, la que ya se perdonó por andar perdida y aprendió a reírse de sí misma, la que permanece cerca si la logras conocer con todas sus capas y al fin y al cabo la que tienes a tu lado.

                                            

UN LUGAR AL QUE HUIR, ES LO ÚNICO QUE NECESITAS

Quedaban tan sólo algunos expedientes por revisar y la mujer de rasgos asiáticos aguardaba aún en la sala, a la espera de ser interrogada. Era la primera vez que venía a comisaría. La trabajadora social andaba detrás de ella, desde hacía meses, para que denunciara su caso. Las dos policías de guardia, la vigilaban desde el otro lado de la sala para que no saliera huyendo.

─ El marido debe de ser una bestia – dijo una de ellas.
─ ¿Crees que le pega estas palizas muy a menudo? – preguntó la otra.
─ Lleva escondida meses, desde que llegó a España, para trabajar en el taller del cretino de su marido. Los servicios sociales han seguido su caso muy de cerca pero nunca ha querido denunciarlo. Supongo que temerá las consecuencias.
 Tiene los ojos desencajados – dijo la policía más joven.
─ Y la mandíbula rota, no te jode – le contestó la otra. Le ha debido de atar las manos, mira como tiene las muñecas y la muy bruta ni siquiera nos habría la puerta cuando fuimos al taller. Al parecer,  es el hombre amable de la tienda de abajo, el vecino tranquilo y sin embargo está lleno de rencor y odio. Lo estuvo escondiendo en el sótano hasta que lo encontramos, borracho y tirado en un colchón mugriento.

Las dos agentes siguieron observándola, mientras que la mujer se tumbaba en el banco de hierro y apoyaba la espalda en él. Estaba cubierta de moratones que le cubrían la cara y tenía marcados unos profundos arañazos por toda la espalda. Apretando la mandíbula, susurraba entre sollozos palabras de ira y dolor.

─ ¿Lo denunciará esta vez?
─ Supongo que ésta vez sí. Esta ya aquí, no tiene escapatoria. Si es lista, que ya veremos, y no quiere que ese cerdo la mate al volver a casa, cantará.

La mujer las miró y se inclinó en el banco hasta que comenzó a andar arrastrando los zapatos y sujetándose a la pared.

─ ¿Dónde se cree que va, eh? Le preguntó la policía más mayor.
─ Quiero salir de aquí. ¿Dónde está la puerta? ─  respondió la mujer.
─ ¡Usted no va a ninguna parte! ─ le gritó hasta paralizarla.

Entre las dos, consiguieron sentarla de nuevo en el banco y  la más mayor de ellas, le ofreció un vaso de agua. La mujer cogió el vaso, se lo acercó a los labios y sorbió un trago. La agente se sentó de nuevo en su escritorio, al lado de su compañera.

─ No contará nada – dijo.
─ Pero, ¿por qué no denuncian?
─ Por miedo.
─ ¿A su marido?
─ A su marido, a la gente, a quedarse solas.
─ ¿Se les protege a las que denuncian?
─ Bueno, no te creas, con una orden de alejamiento se limpian las conciencias. Luego te buscas la vida, para que el hijo de puta en cuestión no te vuelva a poner la mano encima o acabe matándote.

La mujer se volvió a levantar del banco y se inclino hacía adelante clavando sus rodillas en el suelo.

─ ¡Ya está bien! Va a sentarse en ese banco y a esperar al juez. Ni se le ocurra moverse otra vez. ─ gritó desde el escritorio la agente.
─ ¡Quiero irme ya! – dijo la mujer.
─ ¡Cállese de una vez! – le contestó furiosa.

La mujer se puso de pie, cogió su bolso y caminó hacia la puerta de la comisaría. Ellas dos la siguieron con la mirada, mientras que la sombra curvada de la asiática desapareció al otro lado de la puerta.

─ ¿Por qué no las ha retenido? – preguntó la más joven – ¡Tenía que testificar! ¡La va a matar!
─ Ella sabrá. Estamos en un país libre y puede hacer lo que quiera  – contestó la policía más mayor.
─ ¿Cómo hablas ahora así? Tenía que quedarse y contarlo todo para conseguir protección.
─ Puede hacerlo la próxima vez que le de otra paliza, estamos aquí siempre.
─ ¿Pero de qué me hablas?
─ Disculpa, no quería decir eso. No podemos hacer nada más. Tiene que decidirlo por ella misma y llegará un día en que lo hará, si antes no se le han agotado las fuerzas.
─ No entiendo qué te ocurre. Podías haber hablado con ella, haberle convencido o retenido durante un poco más. Habría sido fácil, con sólo mirarla, le habrían salido las palabras. Estas mujeres están desesperadas en el fondo.
─ Bueno, deja ya de repetirme ese discurso. Cada uno debe de tomar sus propias decisiones, ya te lo he dicho antes. No sirve de nada atropellar a alguien para hacerle testificar o enfrentarla a algo superior a sus fuerzas. Para todo esto, tienes que estar preparada y no todo el mundo puede hacerlo.
─ No creo que la solución sea dejarles huir. Voy a fumar un cigarro a la calle y despejarme – le respondió  mientras salía a la calle con un cigarro en la mano.
─ Haces bien – le contestó. Y mientras se dirigió al aseo y cerró la puerta con llave. Se mojó las manos y se quedó inmóvil frente al espejo, clavando sus ojos en el reflejo de su rostro y con una voz ronca se respondió a sí misma – Por supuesto que es para cortarte las venas y denunciar al cabrón que te ha hecho eso pero tienes miedo y no lo haces y cómo se puede juzgar al miedo. A algo que te paraliza y te deja indefenso. Probablemente pueda más que tú y lo dejes vencer. Conmigo también pudo. Y cómo hablar si el miedo no te deja. No tienes nada y la nada también da miedo. Estoy segura de que lo que necesitas es seguridad y un lugar al que huir, es lo único que necesitas. Algunas no lo encuentran y acaban siendo víctimas de sí mismas. Acabas desesperada, perdida, muerta de miedo. Es miedo, mucho miedo, estoy segura – Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Se secó la cara y salió del aseo hacía su escritorio. Se encontró con su compañera apoyada en la puerta,  sujetando con su brazo a una mujer encorvada.

─ Otra más que viene apaleada. ¿Qué hacemos con ella? ─ dijo la joven.
─ Nada ─ le respondió.
─ ¿Cómo que nada? ¿Estás loca?
─ Parece asustada y tiene miedo pero creo que tampoco contará nada – le respondió.
─ ¡Nos necesita! ─ le grito la joven.
─ Lo que necesita es seguridad y un lugar al que huir, es lo único que necesitas. Estoy segura de eso.



jueves, 17 de marzo de 2011

EL GRITO DEL MAR

Abrir los ojos y sentir un enorme peso en el estómago, la oscuridad te cubre por completo y tumbado sientes que algo mucho más pesado que tú, te oprime contra el suelo. La respiración se corta, el miedo hace presa a la razón y no puedes escapar.

Sophie no podía imaginar que ese recuerdo pudiera algún día desaparecer. Era apenas una niña cuando un seísmo azotó su país.

El abuelo de Sophie le había contado que la tierra era el espíritu más sabio que los viejos sacerdotes habían conocido y era sabido que estaba sufriendo. Apenas los hombres querían escuchar sus gritos desesperados y desde las aguas más profundas empezó a agitarse para ser escuchado.

El rugido de agua, con la fuerza de un huracán, inundó las vidas de los hombres de aquella isla. El mundo se paralizó y todas las miradas quedaron clavadas en aquella diminuta isla durante un instante.

Un dolor agudo que la partía en dos, despertó a Sophie. El polvo no le dejaba respirar y sus ojos quedaron a oscuras. Había quedado enterrada bajo uno de los muros de su casa, en el momento en el que crujió el suelo. Perdió el conocimiento al golpearse la cabeza contra la roca cuando recordó lo que acababa de ocurrir apenas dos segundos antes.

En medido del silencio, Sophie pudo escuchar el grito del mar, en su intento desesperado por partir en dos la tierra. La voz de su abuelo vino a su recuerdo al advirtirle que aquel momento llegaría, el día en que un instinto más salvaje revelara su fuerza enfrentándose al poder del hombre.

Debajo de aquellos bloques, sin apenas poder respirar, el hilo de aire que llegaba de la superficie empezó a agotarse, cuando sintió el tacto de otro ser en sus manos. Le quitó la arena que le llenaba la boca y arrastró su cuerpo a la superficie hasta que el aire le llegó a lo más hondo de sus pulmones.

Comenzó a caminar de nuevo, despacio, de la mano de aquel hombre que la había salvado.

Todo cambió en aquella isla desde el día en que la tierra rugió. Los hombres, asustados, abandonaron la costa por miedo a ser golpeados de nuevo y reconstruyeron su vida dentro de la selva.

Sophie, sin embargo, construyó su casa cerca del mar para poder escucharlo. Aquel que grita es porque siente dolor y la fuerza de su llanto puede ser aún más fuerte, si siente que el mundo le da la espalda.

domingo, 13 de febrero de 2011

MÁS DIVERTIDO DE LO QUE PARECÍA

Empecé a plantearme toda mi vida, el día que me desperté y sentí que no podía moverme de la cama. Parecía que una escoba se hubiera instalado en mi espalda. Sólo podía desplazarme a lo largo del colchón, con la cabeza clavada a la almohada y el tronco rígido.

Estuve postrado en aquella postura durante dos semanas. El médico de urgencias vino a verme para confirmarme el diagnóstico: sufría estrés laboral. Aquello me superó. ¡Sufría por un trabajo que hacía meses no tenía y ahora ni siquiera podía andar! Me recomendó reposo absoluto y no someterme a situaciones de presión.

Llegó un día en el que por fin las piernas empezaron a caminar de nuevo. Salí al mundo y continúe la búsqueda de trabajo. Cuando una mañana, compré el periódico del barrio y un anuncio me llamó la atención. Un viaje hacía el pasado, marcará las claves de tu futuro incierto. Haz este viaje astral de mi mano y te garantizo una nueva vida. Rania. Necesario previa cita, llamando al teléfono 693325814.

En ese momento, alucinado por la idea, pensé que aquella era una forma de salir de mi desesperada situación. Con el poco dinero que me quedaba, compraría una bola de cristal y disfrazado de pies a cabeza, me iría al Retiro a ganarme la vida como un brujo. ¡Poseído por el don de la adivinación!

Un muchacho se acercó a la mesita plegable que había plantado en una de las esquinas del parque y en la que puse un cartel parecido al anuncio de Rania. Conoce lo que nadie fue capaz de decirte antes a través de mi bola de cristal. Samuel.

El chico se sentó frente a mí y me preguntó cuánto le costaría saber su destino. Acordamos una tarifa básica. Despejaría sólo las dudas de su presente para conducirlo a las puertas de su futuro, le dije.

Las manos empezaron a temblarme y mis primeras palabras iban lanzadas al suelo. No me sentía capaz de mirar al chico a los ojos y contarle esa enorme mentira pero estaba arruinado y necesitaba dinero.

Sólo encontraba una salida, observarle, hablarle sin parar hasta despistarlo y que él mismo se fuera creyendo aquella farsa. - Veo que estás preocupado por algún asunto sentimental. Andas un poco triste por causa de algún amor pasado, conseguí decirle.  Él clavo sus ojos en mis manos y me respondió -  Sí es cierto, algo pasó.

Me desabroche el primer botón de la camisa, había superado el miedo a ser descubierto, mi imaginación iba despertándose. Todos hemos pasado por alguna ruptura de pareja pensé, seguiré por ahí. – Al parecer, estabas muy enamorado, parece que esta persona era importante para ti y ya no está en tu vida. Asintió con la cabeza. ¡Bien! me dije, de momento, puedo continuar y esto parece más divertido de lo que imaginaba. – ¿Qué ocurrió exactamente? ¿Una tercera persona entró en vuestra relación? El chico parecía empezar a incomodarse, se reclinó hacía mí y me dijo – Sí, alguien apareció. Nunca quise decirle que le fui infiel y ahora me estoy volviendo loco por haberlo hecho. En el fondo los amo a los dos, por favor dígame qué hacer.

Me quedé pensando qué decirle, qué responder para que siguiera por ese camino – No te preocupes muchacho, tu amante pronto desaparecerá. Has de volver al lado de tu pareja, es ella la dueña de tu corazón. Tragué saliva, se me escurrían los dedos pero él parecía no darse cuenta, estaba entregado y volvía a insistirme – No puedo hacer eso, amo a ese hombre, tanto como la amo a ella. Sin ninguno de los dos, podría sobrevivir, dígame de una vez qué hacer por favor.

Se echó a llorar desconsoladamente, la gente que pasaba cerca de allí, empezó a mirarnos. Seguí con mis manos pegadas a la bola, cuanto antes le dijera algo, antes se iría. Sólo quería el dinero y acabar con aquello – El está con otra persona, vuestra relación sería un fracaso. Acaba con él, tiene un pasado oscuro y nunca serías feliz. Eso es lo que tienes que hacer.

El chico seguía recostado en mi mesa plegable y empezó a emitir un sonido extraño, le temblaba el pulso y respiraba con mucha dificultad. – Estoy destrozado, me dijo. Debe ayudarme. No sé a quién recurrir.

Me desabroché el segundo botón de la camisa, vamos a acabar con esto pensé – Déjalo, veo en la bola que te esperan momentos muy buenos con tu pareja. Ella es muy especial, podrá ayudarte y a lo mejor tendréis hijos. Quiero decir, veo claramente que vais a tener dos hijos dentro de muy poco y serás muy feliz. El chico, me miró durante un instante y me dijo – Creo que me siento muy mal, no puedo respirar. En ese momento, cayó al suelo de golpe.

Le tuve que acompañar a la sala de urgencias de un centro de salud cercano. El médico interno me comentó que era un enfermo habitual del centro, sufría ficticios ataques de ansiedad continuamente y era habitual que cada mañana viniera acompañado por alguien diferente – No creo que sea un mal chico. Sufre estos ataques para intentar timar a los transeúntes del parque. En fin, inocentes a los que puede engatusar fácilmente para que lo acompañen y en un descuido dejarlos sin blanca. Espero que usted no sea uno de ellos pero tenga cuidado con sus bolsillos, me dijo aquel médico.

Al darse la vuelta, metí mi mano en el bolsillo de mi chaqueta y ya no tenía nada. Acababa de perder los últimos cincuenta euros del mes. Volví a casa andando, porque también me había robado el abono transporte.


domingo, 23 de enero de 2011

EL AMIGO DE MARTÍN


Durante el recreo, los niños se dividían en dos bandos, los que jugaban en los balancines del patio delantero y los que se escondían en el pasillo de árboles del segundo patio para asustar a las niñas de uniforme. Martín y Julio, eran del segundo bando. Eran de los que se esperaban agazapados en los últimos árboles y al pasar ellas, salían tras sus faldas, a veces sin aguantar las carcajadas, para levantárselas cuando estaban ya muy cerca. Todas salían corriendo y ellos las perseguían hasta alcanzarlas. Pero en aquel recreo, Martín se quedó en el primer patio jugando con los del otro grupo, Julio estaría enfermo pensó. Al llegar a casa se pasó la tarde balanceándose con Lupo, un caballo de madera que en algún lugar había perdido su cola.

Los libros de Julio siguieron en la mesa que compartía con Martín y allí permanecieron una semana más hasta que la maestra decidió guardarlos en el armario del cuarto de los murales.

Las jornadas en el colegio, comenzaron a ser aburridas. Pronto llegó la primavera y las niñas llevaban la falda más corta que nunca pero sin Julio, no había con quien jugar a perseguirlas hasta hacerles enfadar.

En aquella mañana de jueves, mientras la campana terminaba de sonar en el patio trasero, Martín llego de nuevo al colegio. Entró en clase siguiendo la fila y al acercarse a su pupitre, vio que los libros de Julio estaban allí de nuevo. Miró hacía un lado y hacía otro, se acercó al corro de niños que se agolpaban al final de la clase y entre cabezas vio a Julio, recién llegado. Ha vuelto, pensó Martín y apartó a los que estaban delante para acercarse más y verlo de cerca. Allí estaba su amigo, parecía más alto y vestía diferente. Llevaba una bolsa en la mano y andaba repartiendo algunos dulces entre las niñas.

Todos le preguntaban dónde había estado, si había estado enfermo o de viaje durante todo aquel tiempo. El círculo de niños que lo seguía rodeando era cada vez más grande hasta que la maestra empezó a poner orden para que se sentaran y comenzar la clase.

Martín aguardó cerca de su pupitre, esperando a que Julio se sentara a su lado pero Julio recogió sus cuadernos y sin apenas detenerse, se sentó en la primera fila. El abrigo de Julio estaba al lado de Ricardo,  aquel cejudo que levantaba la mano cada mañana y te mandaba callar, iba a ser sur nuevo compañero.

Terminaron las clases y Martín recogió sus lápices y la bolsa de caramelos que tenía guardada en el cajón. A la salida fue andando hasta casa, arrastrando la bolsa de libros y escuchando al grupo de compañeros que hablaba acerca del viaje de Julio al extranjero y sus nuevas clases de inglés.

Al llegar a casa, la tarde fue larga. Los cuentos se quedaron en un cajón y Martín lloró porque no sabía dónde Lupo habría podido perder su cola y era un caballo cojo.

Martín se sentó en su pupitre, con su nueva compañera Adela y Julio permaneció igual de recto y serio que el día que llegó de su viaje.

Sonó la última campana, era viernes por la tarde. Martín dejó todo en el cajón para salir corriendo escaleras abajo y en el último escalón, Julio lo estaba esperando – Hola Martín, te estaba buscando, aquí tienes un estuche que te traje. Anda tómalo, aquí no tienen estuches tan grandes –  Martín se detuvo cerca de Julio, le miró de cerca y sostuvo en su mano el estuche con letras rojas. Al volverse, escuchó la carcajada de Julio a sus espaldas, mientras pasaba de largo aún más estirado que cuando permanecía en primera fila, acompañado del cejudo de Ricardo.

En la calle hacía demasiado calor y a Martín le apretaba la camisa del uniforme. Al volver a casa se paró en la tienda del tío Alfonso, que le guardaba los cromos que no había vendido durante la semana y algunos juegos de madera para recortar y hacer figuras.

Al llegar a casa, se fue a su habitación y cerca de la ventana, recortó y le dio forma a un trozo de madera y quizás Lupo algún día dejó de ser un caballo sin cola.