jueves, 17 de marzo de 2011

EL GRITO DEL MAR

Abrir los ojos y sentir un enorme peso en el estómago, la oscuridad te cubre por completo y tumbado sientes que algo mucho más pesado que tú, te oprime contra el suelo. La respiración se corta, el miedo hace presa a la razón y no puedes escapar.

Sophie no podía imaginar que ese recuerdo pudiera algún día desaparecer. Era apenas una niña cuando un seísmo azotó su país.

El abuelo de Sophie le había contado que la tierra era el espíritu más sabio que los viejos sacerdotes habían conocido y era sabido que estaba sufriendo. Apenas los hombres querían escuchar sus gritos desesperados y desde las aguas más profundas empezó a agitarse para ser escuchado.

El rugido de agua, con la fuerza de un huracán, inundó las vidas de los hombres de aquella isla. El mundo se paralizó y todas las miradas quedaron clavadas en aquella diminuta isla durante un instante.

Un dolor agudo que la partía en dos, despertó a Sophie. El polvo no le dejaba respirar y sus ojos quedaron a oscuras. Había quedado enterrada bajo uno de los muros de su casa, en el momento en el que crujió el suelo. Perdió el conocimiento al golpearse la cabeza contra la roca cuando recordó lo que acababa de ocurrir apenas dos segundos antes.

En medido del silencio, Sophie pudo escuchar el grito del mar, en su intento desesperado por partir en dos la tierra. La voz de su abuelo vino a su recuerdo al advirtirle que aquel momento llegaría, el día en que un instinto más salvaje revelara su fuerza enfrentándose al poder del hombre.

Debajo de aquellos bloques, sin apenas poder respirar, el hilo de aire que llegaba de la superficie empezó a agotarse, cuando sintió el tacto de otro ser en sus manos. Le quitó la arena que le llenaba la boca y arrastró su cuerpo a la superficie hasta que el aire le llegó a lo más hondo de sus pulmones.

Comenzó a caminar de nuevo, despacio, de la mano de aquel hombre que la había salvado.

Todo cambió en aquella isla desde el día en que la tierra rugió. Los hombres, asustados, abandonaron la costa por miedo a ser golpeados de nuevo y reconstruyeron su vida dentro de la selva.

Sophie, sin embargo, construyó su casa cerca del mar para poder escucharlo. Aquel que grita es porque siente dolor y la fuerza de su llanto puede ser aún más fuerte, si siente que el mundo le da la espalda.