jueves, 16 de junio de 2011

EL RINCÓN DE TU PISCINA

Intuitiva y mala en matemáticas. También curiosa, sensible y confiada, alguien que pocas veces puede quedarse en la superficie de las realidades. Así soy yo después de treinta y dos años. Y aún con el paso del tiempo, sigo arrugando la nariz y alejándome en busca de mi espacio cuando algo me molesta, como parece que ocurría en esta imagen. Pienso en este rasgo, que me caracteriza bastante, como la causa que me ha impulsado a buscar la manera de adentrarme en mundos que yo invento y en los que me siento libre para crearlos con otra medida, la mía.
Es difícil darse cuenta que ya ha pasado mucho tiempo desde esta fotografía, pero de alguna manera, sigo recordando de forma muy cercana, la niña que fui y a la vez, la que ya nunca voy a volver a ser. Si miras la fotografía y pasas tu mirada por los niños que están sentados en las piedras, mi primo César y mi hermana Carmen, yo soy la niña que aún no se tiene en pie, la que está dentro de la piscina de plástico naranja y la que tal vez aún no había ocupado su espacio o andaba buscándolo. Y ha tenido que pasar cierto tiempo, hasta que hace poco, logré encontrarlo, no por azar, ni por estar muy lejos, quizás por miedo a ocuparlo y hacerme responsable sólo yo de él.
Mi abuela siempre me lo ha repetido
-         Eres una zancajosa.
Y tal vez, tenga razón y haya sido cuestión de mi historia personal o de multitud de viajes, el buscar siempre el hueco perfecto para asentarme o para poder alejarme. La cuestión es no poder remediar el sentirme siempre en movimiento.
Nunca me han gustado las miradas conservadoras, lo siniestro, la disciplina rígida. Creo que he sido una de las que más han regañado en su infancia,  por ser rebelde, no sé, por no poder parar al fin y al cabo. Y cuando me enfadaba arrugaba la nariz y me sentía alejada, y eso me ha seguido ocurriendo a lo largo de mi vida, con los amigos del colegio, en casa, con los nuevos amigos y aun cuando trabajo. Y con el paso del tiempo, he ido eligiendo espacios y recovecos, en la memoria, en la música, en las letras o en mi propia piel hasta encontrarme. Pero aun así siempre alberga en mí, el impulso de buscar algo más lejano aún, un rincón donde soñar con lo que no se palpa; aunque para deambular por nuestro mundo de a pie, no es muy recomendable, si llegas a confundir los sueños con el aquí y ahora.
El hecho de bucear en lo más íntimo y tragar mucha agua para llegar a ver ese fondo, como seguro tragué en aquella mañana de playa y el recuerdo de ese lugar me trae siempre el sabor del mar, ha contribuido a que mis manos y mi imaginación, se inclinen y cada vez más, a buscar en la escritura, la mejor forma de conocerme y darme a conocer.
Al fin y al cabo, soy una zancajosa, una de las más rebeldes. Y creo que aquella nariz arrugada, buscando algo que no encontraba o por mi mal genio por las mañanas, ya me lo anunciaba, que buscar en el rincón de tu piscina, de los recuerdos o de tu historia, no iba a ser nada fácil.
Y no soy un loca de las historias imposibles, ni una vanguardista, qué va, soy sólo una chica normal, que después de mucho bucear, ya encontró su espacio. En la imagen, soy la de ojos rasgados, de labios pronunciados y nariz pequeña, soy lo que dejo ver y lo que no, la que ya se mantiene de pie, un soplo cálido de verano o una tormenta de arena en el desierto, la que quiere más de lo que está debajo de la piel, la que ya se perdonó por andar perdida y aprendió a reírse de sí misma, la que permanece cerca si la logras conocer con todas sus capas y al fin y al cabo la que tienes a tu lado.

                                            

UN LUGAR AL QUE HUIR, ES LO ÚNICO QUE NECESITAS

Quedaban tan sólo algunos expedientes por revisar y la mujer de rasgos asiáticos aguardaba aún en la sala, a la espera de ser interrogada. Era la primera vez que venía a comisaría. La trabajadora social andaba detrás de ella, desde hacía meses, para que denunciara su caso. Las dos policías de guardia, la vigilaban desde el otro lado de la sala para que no saliera huyendo.

─ El marido debe de ser una bestia – dijo una de ellas.
─ ¿Crees que le pega estas palizas muy a menudo? – preguntó la otra.
─ Lleva escondida meses, desde que llegó a España, para trabajar en el taller del cretino de su marido. Los servicios sociales han seguido su caso muy de cerca pero nunca ha querido denunciarlo. Supongo que temerá las consecuencias.
 Tiene los ojos desencajados – dijo la policía más joven.
─ Y la mandíbula rota, no te jode – le contestó la otra. Le ha debido de atar las manos, mira como tiene las muñecas y la muy bruta ni siquiera nos habría la puerta cuando fuimos al taller. Al parecer,  es el hombre amable de la tienda de abajo, el vecino tranquilo y sin embargo está lleno de rencor y odio. Lo estuvo escondiendo en el sótano hasta que lo encontramos, borracho y tirado en un colchón mugriento.

Las dos agentes siguieron observándola, mientras que la mujer se tumbaba en el banco de hierro y apoyaba la espalda en él. Estaba cubierta de moratones que le cubrían la cara y tenía marcados unos profundos arañazos por toda la espalda. Apretando la mandíbula, susurraba entre sollozos palabras de ira y dolor.

─ ¿Lo denunciará esta vez?
─ Supongo que ésta vez sí. Esta ya aquí, no tiene escapatoria. Si es lista, que ya veremos, y no quiere que ese cerdo la mate al volver a casa, cantará.

La mujer las miró y se inclinó en el banco hasta que comenzó a andar arrastrando los zapatos y sujetándose a la pared.

─ ¿Dónde se cree que va, eh? Le preguntó la policía más mayor.
─ Quiero salir de aquí. ¿Dónde está la puerta? ─  respondió la mujer.
─ ¡Usted no va a ninguna parte! ─ le gritó hasta paralizarla.

Entre las dos, consiguieron sentarla de nuevo en el banco y  la más mayor de ellas, le ofreció un vaso de agua. La mujer cogió el vaso, se lo acercó a los labios y sorbió un trago. La agente se sentó de nuevo en su escritorio, al lado de su compañera.

─ No contará nada – dijo.
─ Pero, ¿por qué no denuncian?
─ Por miedo.
─ ¿A su marido?
─ A su marido, a la gente, a quedarse solas.
─ ¿Se les protege a las que denuncian?
─ Bueno, no te creas, con una orden de alejamiento se limpian las conciencias. Luego te buscas la vida, para que el hijo de puta en cuestión no te vuelva a poner la mano encima o acabe matándote.

La mujer se volvió a levantar del banco y se inclino hacía adelante clavando sus rodillas en el suelo.

─ ¡Ya está bien! Va a sentarse en ese banco y a esperar al juez. Ni se le ocurra moverse otra vez. ─ gritó desde el escritorio la agente.
─ ¡Quiero irme ya! – dijo la mujer.
─ ¡Cállese de una vez! – le contestó furiosa.

La mujer se puso de pie, cogió su bolso y caminó hacia la puerta de la comisaría. Ellas dos la siguieron con la mirada, mientras que la sombra curvada de la asiática desapareció al otro lado de la puerta.

─ ¿Por qué no las ha retenido? – preguntó la más joven – ¡Tenía que testificar! ¡La va a matar!
─ Ella sabrá. Estamos en un país libre y puede hacer lo que quiera  – contestó la policía más mayor.
─ ¿Cómo hablas ahora así? Tenía que quedarse y contarlo todo para conseguir protección.
─ Puede hacerlo la próxima vez que le de otra paliza, estamos aquí siempre.
─ ¿Pero de qué me hablas?
─ Disculpa, no quería decir eso. No podemos hacer nada más. Tiene que decidirlo por ella misma y llegará un día en que lo hará, si antes no se le han agotado las fuerzas.
─ No entiendo qué te ocurre. Podías haber hablado con ella, haberle convencido o retenido durante un poco más. Habría sido fácil, con sólo mirarla, le habrían salido las palabras. Estas mujeres están desesperadas en el fondo.
─ Bueno, deja ya de repetirme ese discurso. Cada uno debe de tomar sus propias decisiones, ya te lo he dicho antes. No sirve de nada atropellar a alguien para hacerle testificar o enfrentarla a algo superior a sus fuerzas. Para todo esto, tienes que estar preparada y no todo el mundo puede hacerlo.
─ No creo que la solución sea dejarles huir. Voy a fumar un cigarro a la calle y despejarme – le respondió  mientras salía a la calle con un cigarro en la mano.
─ Haces bien – le contestó. Y mientras se dirigió al aseo y cerró la puerta con llave. Se mojó las manos y se quedó inmóvil frente al espejo, clavando sus ojos en el reflejo de su rostro y con una voz ronca se respondió a sí misma – Por supuesto que es para cortarte las venas y denunciar al cabrón que te ha hecho eso pero tienes miedo y no lo haces y cómo se puede juzgar al miedo. A algo que te paraliza y te deja indefenso. Probablemente pueda más que tú y lo dejes vencer. Conmigo también pudo. Y cómo hablar si el miedo no te deja. No tienes nada y la nada también da miedo. Estoy segura de que lo que necesitas es seguridad y un lugar al que huir, es lo único que necesitas. Algunas no lo encuentran y acaban siendo víctimas de sí mismas. Acabas desesperada, perdida, muerta de miedo. Es miedo, mucho miedo, estoy segura – Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Se secó la cara y salió del aseo hacía su escritorio. Se encontró con su compañera apoyada en la puerta,  sujetando con su brazo a una mujer encorvada.

─ Otra más que viene apaleada. ¿Qué hacemos con ella? ─ dijo la joven.
─ Nada ─ le respondió.
─ ¿Cómo que nada? ¿Estás loca?
─ Parece asustada y tiene miedo pero creo que tampoco contará nada – le respondió.
─ ¡Nos necesita! ─ le grito la joven.
─ Lo que necesita es seguridad y un lugar al que huir, es lo único que necesitas. Estoy segura de eso.