Intuitiva y mala en matemáticas. También curiosa, sensible y confiada, alguien que pocas veces puede quedarse en la superficie de las realidades. Así soy yo después de treinta y dos años. Y aún con el paso del tiempo, sigo arrugando la nariz y alejándome en busca de mi espacio cuando algo me molesta, como parece que ocurría en esta imagen. Pienso en este rasgo, que me caracteriza bastante, como la causa que me ha impulsado a buscar la manera de adentrarme en mundos que yo invento y en los que me siento libre para crearlos con otra medida, la mía.
Es difícil darse cuenta que ya ha pasado mucho tiempo desde esta fotografía, pero de alguna manera, sigo recordando de forma muy cercana, la niña que fui y a la vez, la que ya nunca voy a volver a ser. Si miras la fotografía y pasas tu mirada por los niños que están sentados en las piedras, mi primo César y mi hermana Carmen, yo soy la niña que aún no se tiene en pie, la que está dentro de la piscina de plástico naranja y la que tal vez aún no había ocupado su espacio o andaba buscándolo. Y ha tenido que pasar cierto tiempo, hasta que hace poco, logré encontrarlo, no por azar, ni por estar muy lejos, quizás por miedo a ocuparlo y hacerme responsable sólo yo de él.
Mi abuela siempre me lo ha repetido
- Eres una zancajosa.
Y tal vez, tenga razón y haya sido cuestión de mi historia personal o de multitud de viajes, el buscar siempre el hueco perfecto para asentarme o para poder alejarme. La cuestión es no poder remediar el sentirme siempre en movimiento.
Nunca me han gustado las miradas conservadoras, lo siniestro, la disciplina rígida. Creo que he sido una de las que más han regañado en su infancia, por ser rebelde, no sé, por no poder parar al fin y al cabo. Y cuando me enfadaba arrugaba la nariz y me sentía alejada, y eso me ha seguido ocurriendo a lo largo de mi vida, con los amigos del colegio, en casa, con los nuevos amigos y aun cuando trabajo. Y con el paso del tiempo, he ido eligiendo espacios y recovecos, en la memoria, en la música, en las letras o en mi propia piel hasta encontrarme. Pero aun así siempre alberga en mí, el impulso de buscar algo más lejano aún, un rincón donde soñar con lo que no se palpa; aunque para deambular por nuestro mundo de a pie, no es muy recomendable, si llegas a confundir los sueños con el aquí y ahora.
El hecho de bucear en lo más íntimo y tragar mucha agua para llegar a ver ese fondo, como seguro tragué en aquella mañana de playa y el recuerdo de ese lugar me trae siempre el sabor del mar, ha contribuido a que mis manos y mi imaginación, se inclinen y cada vez más, a buscar en la escritura, la mejor forma de conocerme y darme a conocer.
Al fin y al cabo, soy una zancajosa, una de las más rebeldes. Y creo que aquella nariz arrugada, buscando algo que no encontraba o por mi mal genio por las mañanas, ya me lo anunciaba, que buscar en el rincón de tu piscina, de los recuerdos o de tu historia, no iba a ser nada fácil.
Y no soy un loca de las historias imposibles, ni una vanguardista, qué va, soy sólo una chica normal, que después de mucho bucear, ya encontró su espacio. En la imagen, soy la de ojos rasgados, de labios pronunciados y nariz pequeña, soy lo que dejo ver y lo que no, la que ya se mantiene de pie, un soplo cálido de verano o una tormenta de arena en el desierto, la que quiere más de lo que está debajo de la piel, la que ya se perdonó por andar perdida y aprendió a reírse de sí misma, la que permanece cerca si la logras conocer con todas sus capas y al fin y al cabo la que tienes a tu lado.

