jueves, 16 de junio de 2011

UN LUGAR AL QUE HUIR, ES LO ÚNICO QUE NECESITAS

Quedaban tan sólo algunos expedientes por revisar y la mujer de rasgos asiáticos aguardaba aún en la sala, a la espera de ser interrogada. Era la primera vez que venía a comisaría. La trabajadora social andaba detrás de ella, desde hacía meses, para que denunciara su caso. Las dos policías de guardia, la vigilaban desde el otro lado de la sala para que no saliera huyendo.

─ El marido debe de ser una bestia – dijo una de ellas.
─ ¿Crees que le pega estas palizas muy a menudo? – preguntó la otra.
─ Lleva escondida meses, desde que llegó a España, para trabajar en el taller del cretino de su marido. Los servicios sociales han seguido su caso muy de cerca pero nunca ha querido denunciarlo. Supongo que temerá las consecuencias.
 Tiene los ojos desencajados – dijo la policía más joven.
─ Y la mandíbula rota, no te jode – le contestó la otra. Le ha debido de atar las manos, mira como tiene las muñecas y la muy bruta ni siquiera nos habría la puerta cuando fuimos al taller. Al parecer,  es el hombre amable de la tienda de abajo, el vecino tranquilo y sin embargo está lleno de rencor y odio. Lo estuvo escondiendo en el sótano hasta que lo encontramos, borracho y tirado en un colchón mugriento.

Las dos agentes siguieron observándola, mientras que la mujer se tumbaba en el banco de hierro y apoyaba la espalda en él. Estaba cubierta de moratones que le cubrían la cara y tenía marcados unos profundos arañazos por toda la espalda. Apretando la mandíbula, susurraba entre sollozos palabras de ira y dolor.

─ ¿Lo denunciará esta vez?
─ Supongo que ésta vez sí. Esta ya aquí, no tiene escapatoria. Si es lista, que ya veremos, y no quiere que ese cerdo la mate al volver a casa, cantará.

La mujer las miró y se inclinó en el banco hasta que comenzó a andar arrastrando los zapatos y sujetándose a la pared.

─ ¿Dónde se cree que va, eh? Le preguntó la policía más mayor.
─ Quiero salir de aquí. ¿Dónde está la puerta? ─  respondió la mujer.
─ ¡Usted no va a ninguna parte! ─ le gritó hasta paralizarla.

Entre las dos, consiguieron sentarla de nuevo en el banco y  la más mayor de ellas, le ofreció un vaso de agua. La mujer cogió el vaso, se lo acercó a los labios y sorbió un trago. La agente se sentó de nuevo en su escritorio, al lado de su compañera.

─ No contará nada – dijo.
─ Pero, ¿por qué no denuncian?
─ Por miedo.
─ ¿A su marido?
─ A su marido, a la gente, a quedarse solas.
─ ¿Se les protege a las que denuncian?
─ Bueno, no te creas, con una orden de alejamiento se limpian las conciencias. Luego te buscas la vida, para que el hijo de puta en cuestión no te vuelva a poner la mano encima o acabe matándote.

La mujer se volvió a levantar del banco y se inclino hacía adelante clavando sus rodillas en el suelo.

─ ¡Ya está bien! Va a sentarse en ese banco y a esperar al juez. Ni se le ocurra moverse otra vez. ─ gritó desde el escritorio la agente.
─ ¡Quiero irme ya! – dijo la mujer.
─ ¡Cállese de una vez! – le contestó furiosa.

La mujer se puso de pie, cogió su bolso y caminó hacia la puerta de la comisaría. Ellas dos la siguieron con la mirada, mientras que la sombra curvada de la asiática desapareció al otro lado de la puerta.

─ ¿Por qué no las ha retenido? – preguntó la más joven – ¡Tenía que testificar! ¡La va a matar!
─ Ella sabrá. Estamos en un país libre y puede hacer lo que quiera  – contestó la policía más mayor.
─ ¿Cómo hablas ahora así? Tenía que quedarse y contarlo todo para conseguir protección.
─ Puede hacerlo la próxima vez que le de otra paliza, estamos aquí siempre.
─ ¿Pero de qué me hablas?
─ Disculpa, no quería decir eso. No podemos hacer nada más. Tiene que decidirlo por ella misma y llegará un día en que lo hará, si antes no se le han agotado las fuerzas.
─ No entiendo qué te ocurre. Podías haber hablado con ella, haberle convencido o retenido durante un poco más. Habría sido fácil, con sólo mirarla, le habrían salido las palabras. Estas mujeres están desesperadas en el fondo.
─ Bueno, deja ya de repetirme ese discurso. Cada uno debe de tomar sus propias decisiones, ya te lo he dicho antes. No sirve de nada atropellar a alguien para hacerle testificar o enfrentarla a algo superior a sus fuerzas. Para todo esto, tienes que estar preparada y no todo el mundo puede hacerlo.
─ No creo que la solución sea dejarles huir. Voy a fumar un cigarro a la calle y despejarme – le respondió  mientras salía a la calle con un cigarro en la mano.
─ Haces bien – le contestó. Y mientras se dirigió al aseo y cerró la puerta con llave. Se mojó las manos y se quedó inmóvil frente al espejo, clavando sus ojos en el reflejo de su rostro y con una voz ronca se respondió a sí misma – Por supuesto que es para cortarte las venas y denunciar al cabrón que te ha hecho eso pero tienes miedo y no lo haces y cómo se puede juzgar al miedo. A algo que te paraliza y te deja indefenso. Probablemente pueda más que tú y lo dejes vencer. Conmigo también pudo. Y cómo hablar si el miedo no te deja. No tienes nada y la nada también da miedo. Estoy segura de que lo que necesitas es seguridad y un lugar al que huir, es lo único que necesitas. Algunas no lo encuentran y acaban siendo víctimas de sí mismas. Acabas desesperada, perdida, muerta de miedo. Es miedo, mucho miedo, estoy segura – Las lágrimas resbalaron por sus mejillas. Se secó la cara y salió del aseo hacía su escritorio. Se encontró con su compañera apoyada en la puerta,  sujetando con su brazo a una mujer encorvada.

─ Otra más que viene apaleada. ¿Qué hacemos con ella? ─ dijo la joven.
─ Nada ─ le respondió.
─ ¿Cómo que nada? ¿Estás loca?
─ Parece asustada y tiene miedo pero creo que tampoco contará nada – le respondió.
─ ¡Nos necesita! ─ le grito la joven.
─ Lo que necesita es seguridad y un lugar al que huir, es lo único que necesitas. Estoy segura de eso.



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