sábado, 22 de octubre de 2011

HABITACIONES COMPARTIDAS


Sigo sin entender por qué continúo con mi padre en esta residencia, después de dos semanas ya de descanso. Él parece estar mejor, algo decaído aún, pero se empeña en seguir aquí metido. Nos pasamos el día entero en esta habitación oscura y estrecha, de la sexta planta, en la que ni siquiera existe espacio entre la cama de mi padre y la de su compañera de habitación. Este lugar me asfixia.

Con tal mala suerte, nos ha tocado aguantar a esta mujer en la cama de al lado, que se pasa todo el día contándonos historias de no sé qué viajes de su juventud y tiene un risa que te perfora los oídos.

En cuanto me doy la vuelta, se acerca a la cabecera de la cama de mi padre y le coloca galletas en la almohada. Parece que no escucha las recomendaciones que te dan al entrar en la residencia, nada de dulces ni comidas pesadas, paseos cortos por el jardín y mucho descanso. Ni me imagino de dónde sacará las galletas ni las cartas que tiene en su armario y que se pasa toda la tarde enseñando a mi padre. Apenas nadie la visita, así que su único entretenimiento desde que entramos, somos nosotros.  No creo que le siente muy bien que lo atosiguen de esta forma. Lo noto alterado, constantemente observando todo a su alrededor, respondiendo a las preguntas de esta extraña y controlando quién entra y sale de la habitación.

Voy a volverme loca con esta situación. No sé lo que puede estar pensando, cúando decidió que prefería recuperarse en un asilo, en vez de en casa, con nosotros. Desde que puso los pies en este lugar, no quiere irse. Por más que le doy vueltas, no lo entiendo. Él, que desde la muerte de mamá, se había vuelto un hombre solitario y tranquilo, ahora se comporta de esta forma tan inquieta y charlatana. Temo lo peor, que esto sea efecto de la nueva medicación que le están dando para que parezca que aquí se encuentra bien.

Aunque tengo que decir que este lugar me ha sorprendido, es agradable, estamos bien atendidos y se respira tranquilidad. Siempre había pensado que una residencia de ancianos era el último lugar donde uno podía descansar pero no es así. Si no fuera por esta mujer, todo estaría en perfecto orden. Mañana, en cuanto pueda hablar con el responsable de esta planta, pido una habitación individual o que nos busquen a un compañero, como él. No sé a quién se le ha podido ocurrido que un hombre y una mujer pueden compartir habitación a esta edad.

Sólo el tacto de sus manos al rozarme, ya me produce escalofríos. El olor de esas galletas con miel que me deja en la almohada, me hacen descender a la tierra. Qué habrá pensado de mí, al verme aquí postrado en una cama, sin poder valerme por mí mismo. Aún no soy lo bastante mayor como para no poder cortejar a una mujer tan agradable. Natalia, me dijo que se llamaba, qué bien suena su nombre en mi boca.

Me llamo Natalia, le he dicho, es mi segundo nombre pero resulta más exótico que confesarle que me llamo María. Hay tantas con el mismo nombre que no lo recordaría mañana. Espero no molestarle con mis historias, son solamente anécdotas del pasado pero he pensado que a lo mejor nos entretenían y cuando me dice que le cuente más, no puedo despegarme de su cama.

Me preguntó ayer si quería pasear con ella algún día y por supuesto que quiero. En cuanto mi hija se marche a trabajar y deje de controlarme, me bajaré de esta cama y me iré a dar un paseo juntos.

Parece una mujer de mundo, guarda tantas postales de lugares lejanos, que yo no reconozco pero nunca se lo digo. Sólo la escucho y le rozo su mano mientras ella va abriendo los sobres. Le confesaré que estoy loco por ella y nos iremos juntos a alguno de esos lugares que me enseña.

Me gustan sus manos, sobre todo cuando las acerca a las mías. No sé si por pura casualidad, pero hace un rato, las hemos tenido unidas. Qué hombre tan interesante. Sólo por él, recorría de nuevo el mundo entero.

Otra vez mi hija vuelve a vigilarme, no se da cuenta de que estoy bien y me apena tanto ver a mi padre así, tan abatido, sin ningunas ganas de luchar. Habrá perdido la ilusión por la vida, no sé, apenas me mira cuando le hablo.

Esta mujer, siempre pegada a su cama, no nos deja intimidad alguna. No puedo alejar mis ojos de su camisón y ese olor a dulce que desprende su pelo, me ahoga, toda la habitación huele a ella.

La enfermera me dice que mi padre se va recuperando poco a poco. Me he quedado mucho más tranquila al oírla. Le volveré a preguntar acerca de lo que me comentó su compañera, del turno de mañana, cuando pasó a verlo a primera hora y no se encontraba en su cama. Me ha resultado extraño que la enfermera no diera con él. Pasan de largo tan rápido que al pobre no le daría tiempo a salir del baño. Tienes que estar en todo, no volveré a retrasarme. Si no estoy aquí, parece que nadie se preocupa por él.

Sólo me queda el respiro de la mañana para poder moverme sólo y que no me atosiguen con pastillas y paseos de un lado a otro. Mañana volveré a esconderme en el baño cuando me traigan esos polvos con sabor anís que me dejan tan aturdido, los detesto, que se los tomen ellos.

Voy a intentar salir antes de la oficina y al llegar le preguntaré si quiere que pasemos la tarde al aire libre. Le sentará bien. No quiero que esté aquí metido todo el día, sin que apenas le roce el sol.

He vuelto a coger más dulces de la sala de estar para él. Su hija no quiere que apenas coma nada y lo mira tan afligida. Debería descansar más, venir menos y dejar de observarme así, como si fuera una extraña.

           Ya está aquí, la distingo por ese olor tan dulce que desprende. No puedo dejar de mirarla. Al caer la tarde, saldremos de aquí los dos, escondidos en el baño, esperaremos hasta poder escapar y que no nos encuentren nadie ni ahora ni nunca.