Son las seis de la tarde y dentro de dos horas tengo que salir a
escena, pero a menos que aparezcan mis pendientes fetiche, no voy a poder
actuar. No voy a mostrarme al público nunca con las orejas desnudas. El
problema está en mi pelo, demasiado corto para tapar unas orejas tan grandes.
Yo misma decidí cortármelo y ahora mi perfil es el mismo que el de un elefante
cabizbajo.
Juan siempre me dice que no, que no me parezco a Dumbo, que mis
orejas son grandes porque tengo una cabeza curiosa que necesita escuchar en
profundidad. Pero no dudo que lo dice para que salga a escena lo más segura de
mí misma y no me preocupe por mis orejas.
Lo de actuar esta noche, lo hago por él, porque me regaló estos
pendientes como amuleto hace mucho tiempo y yo he sido tan tonta que hoy, justo
el día de la última función de otoño, los he olvidado.
Nosotros vivimos en el centro, el único lugar donde nos sentimos anónimos para pasear al caer la noche a través de las sombras.
Juan es actor desde casi un niño. Pensó que durante la primavera
se retiraría y yo continuaría en los escenarios, hasta que me llegara el día en
que sintiera ese anhelo, que dice Juan que sientes, cuando sabes que has
cumplido como actor. Pero finalmente no se retiró. Volvió a surgirle un papel
de esos que dice él que te impulsan del sillón mientras lo lees, como si
alguien te tuviera suspendido en el aire, flotando. Así que de momento, los dos
seguimos yendo y viniendo a los ensayos del teatro y a las grabaciones.
A lo que no me acostumbro de mi vida artística es a ser un
personaje público. A sentirme vigilada. Ver tu caricatura en las portadas de la
prensa es la peor faceta de ser actor. Si soy sincera, tengo que decir que aún
no he conseguido ser totalmente fría a todas las opiniones públicas. A la gente
le da igual decir cómo deberías de vivir, que habrías estado mejor así, que
tendrías que… Siempre tienen algún comentario, una crítica puntiaguda e
incómoda.
Incluso, se acerca a mí y me coloca el pelo de forma distinta.
Ambos sabemos que mi pelo es demasiado corto y nos miramos en el espejo. Cuando
me mira, es como si los llevara puestos, las orejas ya están cubiertas.
Tengo unas orejas grandes, pero de frente mi cara es interesante. Me convenzo de que nadie será consciente de que no llevo mis pendientes y de que me corté el pelo demasiado.
La crítica mañana seguramente hará referencia a mi nuevo corte de pelo y a que mis orejas son lloronas. Luego vendrá lo de mi actuación.
