sábado, 21 de abril de 2012

TIEMPO PERDIDO

          
           El desaliento permanecía en el aire, la desolación de tantos despidos. Esto era un mundo ahora. Las cajas llenas de nuestras cosas y los movimientos de los cuerpos se alejaban por los pasillos de la oficina, doblando las esquinas, arremolinándose en los ascensores. Oleadas de rostros abatidos entre montañas de papeles. Folios marcados con pisadas, folios en blanco pasando por nuestras manos, revoloteando por los cubículos. Cosas de malas noticias y de tiempo perdido.

Llevaba traje y maletín. Tenía aún carpetas encima de la mesa y en la cara ojos de no haber dormido. Dejé detrás el panel de anuncios de la empresa y pasaron junto a mí hombres y mujeres caminando con las manos en los bolsillos para mantenerse erguidos.

Eran las diez de la mañana. Todos permanecíamos en silencio en aquel lugar estancado, hasta que comenzaron a escucharse algunas voces angustiadas. Fuera de allí, todo se movía.

Yo no había podido pensar en otra cosa la noche anterior, en el momento en el que hablaría por última vez con mi jefe. La puerta de su despacho estaba abierta, me acerque y él estaba sentado detrás de su escritorio. Sólo quedaba su abrigo abandonado en una de las sillas, las estanterías vacías y su móvil vibrando encima de la mesa. Entré en la habitación, arrastré una silla y me senté frente a él. En aquella mañana el cielo estaba oscuro así que apenas entraba luz por la ventana del fondo y esto hacía que su rostro pareciera aún más desconocido.

Me quedé mirándole sin saber por dónde empezar. Las manos se me quedaron paralizadas entre las rodillas mientras levantaba la cabeza y lo miraba de frente. Todas las palabras estaban atrapadas en mi garganta, una tras otra, empujándose por mi laringe y siendo aplastadas por mis labios cerrados.

En seguida él rompió el silencio, carraspeó durante unos segundos y se aflojó el nudo de la corbata: No se pudo hacer otra cosa o lo hacíamos de forma fulminante o habría sido más dramático. Me pareció que me hablaba en un tono áspero, sin pausas, listo para finiquitar mi visita y deshacerse de mi presencia.

En aquellos instantes, mientras lo miraba por última vez, me sentía en otro lugar. Después de la tensión de los últimos días comencé a descansar.  Mis hombros se derrumbaron, los brazos descolgados y mi mandíbula se hizo muy grande. La noticia del despido me había congelado las ideas, el ánimo y no había parado de contagiarse por todo mi cuerpo hasta que en aquel momento esa sensación comenzaba a desaparecer.

Desde fuera, llegaba el ruido de la calle. La vida continuaba a través de los cristales. Era un sonido de aliento. Aún había oportunidades y había que recorrer todas las calles.

Yo oía todo aquello pero parecía que mi jefe no escuchaba nada. Permanecía estático, envuelto en seriedad. En aquellos muebles de oficina se escondía mucho de su vida y cada uno de los mejores momentos que había saboreado en los últimos años. Victorias que habían hecho de su rutina un nuevo reto. Su preciada carrera profesional. Y ahora su mirada estaba clavada en una pared en blanco de un edificio vacío.

Él se levantó y cerró la puerta del despacho. Entre el ruido que llegaba de lejos y el silencio que nos había enmudecido de nuevo, comenzó a hablarme. Ahora eran palabras sinceras, palabras encadenadas. Dentro de aquella habitación, había un hombre abatido, sin luz en los ojos.

           “Ahora comienza lo que todos dicen que es la verdadera vida – me dijo, plantearte hacía donde quieres ir, impulsado tal vez por la necesidad de subsistir en este mundo de codicia pero tarde o temprano lo que eres vuelve hacía ti. Miras tus manos, tus dedos, tocas tus ojos, tu boca y aprietas los dientes con fuerza y sigues sin saber por qué elegiste ese camino y no otro. Qué te condujo a esa situación, por qué no sabes dónde estás. No busco culpables, nadie está ya a mí lado, decidí existir sólo para mí mismo. Es la penumbra de mi rostro la que me da tanto miedo, las grietas que lo recorren y de las que nunca me ocupé de cerrar porque da asco sentirse tan débil. Tal vez un alto en mi vida hubiera cambiado mi rumbo pero no gasté ni un pensamiento en esto. Los ascensos, el dinero, el reconocimiento público y llegar siempre más y más alto, por encima de mi mismo y por encima de los demás, era lo que debía de alegrarme y hacerme sentir lleno de poder. Sin pensar si todo esto duraría meses o años, si valía la pena o no. Lo importante era no ser del montón, no mirar a la gente de frente porque las miradas te hacen ver que no te reconoces ni ante tus ojos ni ante los de otros. Yo era el dueño de mi destino y por encima de eso, no había nada que me pudiera parar o alterar todo lo grande que me esperaba. Subiendo hacía la cima tan rápido que nadie me alcanzara”

De nuevo, hubo un momento vacío. Dejé de escuchar su voz y comenzó a escucharse un susurro de llanto hasta que continuó hablando pero ahora sus manos le tapaban la cara y casi no se le entendía:

“Te lo cuento a ti porque ya no me importa ocultarme. Siempre he sido lo que no soy y tal vez sea eso solamente pero ya no me paraliza el miedo a mostrarlo. En esta habitación vacía veo lo que no he conseguido, no hay luz, no hay vida; estoy yo otra vez perdido. Tengo que confesar que los que os marcháis hoy con las manos vacías, tenéis mucho más de lo que yo tengo, la oportunidad de dedicarlas a vuestros sueños mientras que yo nunca he sabido soñar. Con todo esto lo que quiero decirte es que es más grande el enemigo que hay en uno mismo que el vértigo que da todo lo que hay fuera y no siempre sirve atacar al otro para que éste no acabe devorándote por dentro...”

Y aquí terminó de hablar. Se levantó, cogió su chaqueta y desapareció en menos de un instante. Comencé a notar como la habitación empezaba a asfixiarme, me dejaba sin aliento. Salí de allí y todas las lágrimas se me cayeron encima.

Cogí mi maletín y todos fuimos desalojando la última planta de aquel edificio. Bajábamos en el ascensor pegados los unos a los otros, cargados de incertidumbre. Los compañeros de los últimos años, de los que algunos eran ya mis buenos amigos, íbamos despidiéndonos.

Comencé a bajar la calle y mi propia voz me sorprendió diciéndome en alto: no hay tiempo perdido, es siempre una suma hacia delante.

2 comentarios:

  1. Ele, qué vívido... y qué tristemente real! Según lo leía iba dibujando la película en mi mente: bravo!

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  2. Lástima que en la realidad casi nunca se desmorones los que desde su atalaya jugaron con fuego y nuestras vidas.
    Muy bueno, Elena.

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